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¿Es ilegal la eternidad digital?

Antes o después tenía que pasar. El pasado 24 de septiembre de 2025 falleció María Branyas, famosa por ser la mujer más longeva de la historia de España, al haber alcanzado la edad de 117 años. ¿El truco? Al parecer, su edad biológica era 23 años menor que su edad cronológica debido a una combinación de genética y los hábitos saludables que mantuvo durante su vida, según ha determinado el estudio realizado por el Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras.

La cuestión no deja de ser sugestiva, ya que nos permite fantasear con la posibilidad de prolongar la vida humana. Pero ¿cuánto tiempo? Si les preguntáramos a Putin y Xi Jinping, nos dirían que hasta 150 años o, incluso, de forma indefinida, gracias a los avances médicos como la cirugía de reemplazo de órganos, como habrían estado conversando durante al desfile militar celebrado en la plaza de Tiananmen en septiembre de 2025. Y no son los únicos que están convencidos de ello, pues multimillonarios como Bryan Johnson invierten auténticas fortunas en la búsqueda de la inmortalidad.

A la espera de que esto se pudiera conseguir, se están explorando otras vías, en las que la carcasa física (el cuerpo humano) no sea relevante, al poder ser sustituido totalmente por algún tipo de hardware (robots, servidores informáticos, unidades de almacenamiento, etc.), de forma que lo significativo sea la extracción y conservación de los datos, recuerdos y pensamientos de una persona, esto es, de su consciencia, mediante su preservación en el cuerpo de otra persona, según ocurría en la película Eternal; o en un mundo virtual donde pudiera vivir eternamente, al estilo del episodio San Junípero de la serie Black Mirror.

Y parece ser que los científicos ven factible la hipótesis de que la memoria pudiera sobrevivir a la muerte clínica si se mantiene intacta la arquitectura cerebral, ya que, según el estudio publicado en julio de 2025 en la revista PLOS One, dentro de la investigación realizada por la Universidad Monash (Australia), tras consultar a más de trescientos neurocientíficos, el 70,7 % contestó que veía posible extraer recuerdos de los cerebros de personas fallecidas mediante tecnologías de preservación neuronal con métodos como la criopreservación con aldehído y vitrificación.

La eternidad digital

En esta línea comenzaron a crearse los llamados “deadbots”, diseñados con Inteligencia Artificial (IA), pensada para que familiares y amigos de una persona fallecida puedan aliviar su duelo, entablando conversaciones con un chatbot capaz de contestar como si fuera el difunto, gracias a un proceso de aprendizaje (e-learning) que permite al sistema aprender a hacerlo a partir de la huella digital dejada en el ciberespacio y redes sociales, creando la apariencia de que se estaría hablando con alguien que ya no está.

Esto plantea importantes cuestiones éticas y morales, ya que no hay consenso sobre si esto contribuye a dilatar la aceptación de la perdida; así como legales, relativas a la privacidad y la protección de datos, en especial, en el caso de que no conste el consentimiento de la persona fallecida para que se recabe, almacene y trate su información personal, así como para que se use su imagen (nombre, apariencia física y/o voz) por el asistente virtual. Pero, es más, incluso, se plantea la cuestión de si este consentimiento sería suficiente en el supuesto de que se produjera un trato denigrante de la dignidad del fallecido.

Pero podría haber otra vuelta de tuerca más, si finalmente fuera posible crear computadoras “vivas”, como se planteó en el experimento realizado en 2023 por investigadores de la Universidad de Illinois (Estados Unidos), en el que se diseñó un ordenador del tamaño de la palma de una mano, que funcionaría con más de 80.000 células madre cerebrales de ratones reprogramadas entre fibras ópticas en una rejilla de electrodos, en una palca de Petri y bajo una fibra óptica, con la idea de desarrollar robots que usen tejido muscular vivo para procesar información a través de una red neuronal capaz de relacionar datos.

Este escenario plantearía más dilemas, morales, en el supuesto de que se empezara a experimentar en este sentido con células humanas; así como legales, ya que las normativas europea (Reglamento (UE) 2024/1938, de Sustancias de Origen Humano (SoHO), entre otras) y española (en particular, la Ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de reproducción humana asistida) marcan límites claros respecto de la creación de preembriones y embriones humanos y el uso de material genético humano con fines de experimentación; siendo cierto que existen legislaciones más permisivas como la china, donde las investigaciones están siendo más vanguardistas.

Sea como sea, no se le pueden poner puertas al campo. Si existe la posibilidad de prologar la vida humana, ya sea en el sentido físico del término, o mediante la conservación indefinida de la consciencia, es seguro que se va a profundizar sobre ello, ya que el deseo de inmortalidad es uno de los ocultos deseos del ser humano desde los albores de los tiempos. Y es un hecho que la normativa se ha ido adaptando a los avances médicos, de forma que lo que hubiera estado prohibido en otra época, hoy está perfectamente normalizado, como, por ejemplo, el trasplante de un órgano.

Y esta transformación de humanos a cyborgs que propugna el transhumanismo, podría ser la clave para que la Humanidad alcance objetivos hasta ahora impensables, como, por ejemplo, viajes a planetas que se encuentren a cientos de años-luz de la Tierra, ya sea en consciencias “inmortales” insertadas en unidades robóticos, ya sea mediante cerebros criogenizados que permanecieran dormidos durante el tiempo que durase el largo viaje, para ser reanimados en su nuevo destino. Probablemente nosotros no lo veamos, pero quién sabe si podrán hacerlo las generaciones futuras.

Autor: Javier López, socio de ECIJA

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